Y sentí frío en todo el cuerpo.
Había decenas de bolsas.
Polvos blancos, beige y ligeramente amarillentos.
Todas etiquetadas.
Todas perfectamente ordenadas.
Encontré una libreta.
Columnas de números.
Fechas.
Cantidades.
Iniciales.
Horarios.
Después apareció un mapa del Estado de México y zonas cercanas de la ciudad.
Había cruces marcadas en diferentes puntos.
Una estaba cerca del mercado al que Rodrigo y yo íbamos algunos sábados.
Otra junto a una carretera.
Otra cerca de una pequeña comunidad rural.
En un margen de la libreta decía:
“J.M. sábado, 9:00. Llevar agradecimiento.”
Me temblaron las manos.
Tomé el teléfono.
—Rodrigo.
—¿Qué pasó?
—Sube.
—Estoy por entrar a una videollamada.
—Rodrigo, sube ahora.
Hubo silencio.
—Valeria, ¿qué encontraste?
Miré la maleta.
—Bolsas de polvo blanco escondidas debajo de la cama de tus padres.
Rodrigo no respondió.
—Hay códigos, una libreta y un mapa.
Escuché cómo empujaba una silla.
—No toques nada.
Pero ya era tarde.
Porque en ese momento vi algo más dentro de un bolsillo lateral de la maleta.
Una fotografía.
Teresa aparecía frente a un pequeño molino, abrazando a un hombre que yo nunca había visto.
Atrás había escrita una fecha.
Y debajo, una frase:
“Si Valeria pregunta, todavía no.”
Sentí que el estómago se me hundía.
Parte 2: Cuando Rodrigo entró en la habitación y vio todo esparcido sobre la cama, su rostro perdió el color.
—Mamá… ¿qué hiciste?
Aquella reacción me asustó todavía más.
—¿Tú sabías algo?
—No.
—La fotografía dice mi nombre.
Se la mostré.
Rodrigo la leyó 2 veces.
—No tengo idea de qué significa.
Mi teléfono vibró.
Era mi hermana Mariana.
Yo había cometido el error de mandarle una fotografía de las bolsas unos minutos antes.
“¿YA LLAMASTE A LA POLICÍA?”
No respondí.
Rodrigo tomó una de las bolsas.
—No la abras.
—No voy a abrirla.
—Entonces llama a tus padres.
—Primero tenemos que entender qué es esto.
—Tus padres vivieron medio año aquí. Si esto es lo que parece, estuvo debajo del mismo techo donde duerme nuestra hija cuando viene de visita mi sobrina, donde entra mi familia, donde vivimos nosotros.
—Lo sé.
—No, Rodrigo. No lo sabes.
Mi voz se quebró.
Entonces comprendió.
No estaba hablando solamente de Teresa.
Estaba hablando de mi madre.
De todos aquellos años en los que alguien que yo amaba escondía una vida que nadie conocía.
Rodrigo se acercó.
—Vale.
—No.
Me aparté.
—Necesito saber la verdad antes de que alguien me diga otra vez que estoy exagerando.
Rodrigo sacó su teléfono.
Llamó a Teresa.
No escuché toda la conversación.
Solo una frase.
—Mamá, Valeria encontró lo que dejaste debajo del colchón.
Hubo un silencio.
Después Teresa gritó algo al otro lado.
Rodrigo separó el teléfono de su oído.
—¿Qué dijo?
—Que viene para acá.
Eso no ayudó.
20 minutos después escuchamos un automóvil entrar.
Miré por la ventana.
Era Teresa.
Ernesto iba a su lado.
—¿Por qué demonios vienen tan tranquilos? —pregunté.
Teresa entró cargando un recipiente de plástico.
—Traje pan de plátano.
La miré sin poder creerlo.
—¿Pan?
Ernesto cerró la puerta detrás de ella.
—Buenos días.
—No son buenos días.
Señalé hacia la habitación.
Teresa dejó de sonreír.
Entró.
Vio la maleta.
Las bolsas.
La libreta.
El mapa.
Y la fotografía.
El recipiente de pan casi se le cayó.
—Valeria…
—Explícame esto.
Teresa se llevó una mano a la boca.
