Colgó.
—¿Qué dijo? —preguntó Daniela.
—Que vaya mañana.
—¿Cuánto quiere?
—No dijo.
Dormí muy poco.
Calculé mentalmente todas las posibilidades.
Podía vender la motocicleta.
Pero sin motocicleta no podía trabajar.
Podía pedir un préstamo.
Ya debía uno.
Mi hermano quizá podía ayudarme con algo.
Pensé incluso en hablar con mi jefe para pedir un adelanto.
Al día siguiente llegué veinte minutos antes.
El automóvil estaba allí.
El dueño apareció exactamente a las diez.
Era un hombre de unos cincuenta años.
Camisa blanca.
Pantalón oscuro.
Nada llamativo.
Extendió la mano.
—Alejandro.
—Javier.
Nos acercamos al vehículo.
Yo señalé el daño.
—Aquí fue donde lo golpeé.
Alejandro observó la puerta.
Después el espejo.
—Sí.
—Conozco un taller bueno, pero entiendo que usted probablemente quiera llevarlo al concesionario.
Me miró.
—¿Cuánto crees que cuesta reparar esto?
—No tengo idea.
—Bastante.
Sentí la garganta seca.
—Lo imaginaba.
Alejandro abrió el automóvil.
Sacó un sobre.
Pensé que era un presupuesto.
Me lo entregó.
—Ábrelo.
Dentro había unas hojas.
Era una cotización.
Vi la cifra.
Tuve que leerla dos veces.
Entre reparación, pintura, pieza original y mano de obra, el total era una cantidad que representaba varios meses de mi salario.
—Señor Alejandro…
—¿Puedes pagarlo?
Podía mentir.
Decir que sí.
Hacerme el orgulloso.
Pero no tenía sentido.
—No de una sola vez.
—¿Cuánto puedes pagar?
Pensé.
—Podría darle una parte ahora y el resto mensualmente.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Quizá un año.
Alejandro me observó.
Yo me sentía cada vez más pequeño.
—Tengo un hijo —continué, casi justificándome—. Y ayudo a mi mamá. Pero no quiero que piense que estoy evitando la responsabilidad. Fui yo.
—Ya sé que fuiste tú.
—Entonces dígame cómo podemos hacerlo.
Alejandro dobló la cotización.
—No vas a pagarme nada.
Creí que había escuchado mal.
—¿Perdón?
—Nada.
—No entiendo.
—Voy a reparar el automóvil.
—Pero yo lo dañé.
—Sí.
—Entonces debo pagarlo.
Alejandro sonrió ligeramente.
—¿Siempre eres así de terco?
—Mi esposa dice que sí.
Se apoyó contra el auto.
—Javier, ayer cuando encontré la nota pensé que era una broma.
No respondí.
—¿Sabes cuántas veces me han rayado un vehículo en estacionamientos?
—No.
—Varias.
—¿Y dejan notas?
—Nunca.
Aquello me sorprendió.
—Una vez me dañaron un parachoques completo y dejaron el carro como si nada. Otra vez alguien rompió una luz. Nadie apareció.
Miró mi nota.
La había guardado.
—Tú dejaste nombre, teléfono y una disculpa.
—Era lo correcto.
—Exactamente.
—No.
Sacó su teléfono.
Me enseñó algo.
Era una grabación de seguridad.
Mi accidente.
Se veía claramente cómo golpeaba el vehículo.
Después cómo detenía la motocicleta.
Miraba alrededor.
Entraba al edificio.
Regresaba.
Escribía la nota.
—Entonces sí había cámaras —dije.
—Sí.
Sentí vergüenza.
—Probablemente piensa que solo dejé la nota porque las vi.
Alejandro negó con la cabeza.
—En el video puede verse que nunca miraste hacia la cámara.
Tenía razón.
Yo ni siquiera sabía dónde estaba.
—Podías haberte ido.
—Sí.
—Y probablemente nunca habría sabido quién eras.
