Saqué un papel de mi mochila.
Escribí mi número.
También tomé fotografías del daño.
No quería que después me responsabilizaran por algo que yo no había hecho.
La rayadura era mía.
El espejo también.
Nada más.
Mientras colocaba la nota pensé:
“Javier, acabas de arruinar los próximos seis meses de tu vida”.
Volví al trabajo.
Durante las siguientes horas miré el teléfono constantemente.
Nada.
A las cuatro de la tarde pensé que quizás la nota había volado.
A las cinco imaginé que alguien la había quitado.
A las seis terminé mi jornada.
Cuando llegué a casa, Daniela notó inmediatamente que algo estaba mal.
—¿Qué pasó?
—Choqué un carro.
Se quedó inmóvil.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿La otra persona?
—No había nadie.
Respiró aliviada.
Entonces preguntó:
—¿Qué tan grave?
Le enseñé las fotografías.
Su expresión cambió.
—Javier…
—Ya sé.
—Ese carro cuesta una fortuna.
—También sé eso.
—¿Te vio alguien?
La miré.
Ella entendió.
—Dejaste tu número.
—Sí.
No me criticó.
Solo se sentó.
—Vamos a resolverlo.
Aquella frase me tranquilizó más que cualquier otra cosa.
No dijo:
“¿Cómo pudiste?”
No dijo:
“Tenías que irte”.
Dijo:
“Vamos a resolverlo”.
Cenamos.
Acostamos a Matías.
A las nueve y diecisiete sonó mi teléfono.
Número desconocido.
Miré a Daniela.
—Debe ser él.
Contesté.
—¿Javier?
—Sí.
La voz era de un hombre.
Tranquila.
—Soy el propietario del vehículo que golpeaste esta mañana.
Me puse de pie sin darme cuenta.
—Señor, primero quiero disculparme. Fue completamente mi culpa. Yo estaba pasando demasiado cerca y…
—Sí.
—También vi el daño.
Tragué saliva.
—Yo voy a responder. No puedo pagar una cantidad enorme de una sola vez, pero podemos buscar un taller y…
El hombre me interrumpió.
—¿Te fuiste después de dejar la nota?
La pregunta me pareció extraña.
—Sí, señor. Tenía que continuar trabajando.
—¿Nadie te obligó a dejarla?
—No.
—¿Había cámaras?
Miré a Daniela.
—No lo sé.
El hombre permaneció en silencio.
Después preguntó:
—¿A qué te dedicas?
Ahora estaba confundido.
—Soy repartidor.
—¿La moto era tuya?
—Sí.
—¿Estás asegurado?
—Tengo el seguro básico obligatorio, pero no creo que cubra un daño así.
Otra pausa.
—Mañana a las diez estaré en el mismo lugar. ¿Puedes ir?
Mi corazón se aceleró.
—Sí.
—Bien. Hablamos allí.
